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Pez-toro y la Luna

“Al final del verano”

La luz ya ha cambiado y se oyen los abejarucos, muy arriba, recorriendo el cielo. Es la señal de que el verano va declinando, como la luz. La luz se amarillea, ya no deslumbra en su blancura.

Cae la tarde y una luna inmensa, naranja, apenas se eleva sobre la superficie del mar. Corre solo una brisa por lo que el mar está quieto, casi callado, en un silencio expectante. Toro piensa que quizás contiene el aliento para que esa luna tan majestuosa no se aleje.

Toro estaba recorriendo uno de sus lugares favoritos, la roqueda donde agitan sus alas millares de libélulas. Es un lugar poco profundo y por eso, llega la luz. Cuando vio que todo cambiaba de color bajo la luz de la luna, se asomó a la superficie. Cerrando los ojos creía sentir gotas amarillas cayendo sobre su pelaje. Una vez más rió al contemplarla, feliz por su belleza.

Se preguntó si ella, la Luna, desde esa altura podía contemplar el todo del mundo y así llenar de un significado real esa palabra, mundo.

 

 

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